domingo, 20 de mayo de 2012

¿Ciudadanos del mundo?


Ligada a la propia idea de la globalización, que habría eliminado las diferencias entre las distintas naciones y pueblos que habitan el mundo, se encuentra la famosa expresión «Aldea Global» o «ciudadanía del mundo», concepto que supone la existencia de una serie de núcleos urbanos, de ciudades interconectadas entre sí por encima de cualquier diferencia estatal, a través de los sofisticados medios de transporte actuales o de medios de comunicación electrónicos como los de internet. No sólo el movimiento 15 M, del que se ha cumplido un año recientemente, se postula como movimiento de «ciudadanos del mundo», sino que prestigiosos analistas, tales como Robert Kaplan, ya anunciaron en obras como su Viaje al futuro del Imperio que el concepto clásico de Estados Unidos como nación estaba disolviéndose en cuestiones tan comunes como las líneas aeronáuticas: hoy día es posible volar directamente desde ciudades norteamericanas tan poco conocidas como Omaha o Kansas a ciudades como Pekín o París, sin hacer escala en ciudades como Nueva York, Los Angeles o Washington. La idea de una ciudadanía «global» cobraría fuerza en hechos como estos.

Sin embargo, la idea de una globalización que habría superado las diferencias entre los hombres y los habría subsumido en una ciudadanía «global» es una idea puramente mitológica, una idea aureolar (en palabras de Gustavo Bueno) en tanto que supone una realización futura de ese ideario: según los globalizadores, estaríamos acercándonos a ese momento en que toda la humanidad se habría convertido en un solo bloque, por encima de cualquier diferencia de sexo, raza o religión, tal y como postula la Declaración Universal de los Derechos Humanos.


No es la primera vez que se plantea esa idea de una humanidad unida por encima de los estados, habitando una suerte de ciudad universal: recordemos la famosa Cosmópolis que los estoicos postularon durante el Helenismo, y que implicaba la superación del estrecho margen de las polis o ciudades-estado griegas para identificarse con los grandes imperios herederos de Alejandro Magno y posteriormente con el Imperio Romano como sociedad universal de su tiempo. La famosa Ciudad de Dios de San Agustín era también una sociedad global, pero identificada con la Iglesia Católica y contrapuesta al Imperio Romano y en general a toda sociedad política, que sería desbordada por esa misma iglesia: un estado justo, una ciudad digna de tal nombre ha de ser cristiana por definición.

La realización efectiva de la primera globalización, obra de España y ejercitada en la primera vuelta al mundo realizada por Juan Sebastián Elcano, revolucionó por completo las comunicaciones y la propia concepción del mundo que se tenía en tiempos antiguos y medievales: del ecumene de Ptolomeo que sólo incluía Europa y parte de Asia y África, se pasó a una nueva esfera que contenía a América, Oceanía y los límites definidos de todos los continentes, con las comunicaciones efectivas entre todos ellos y la formación de una red económica global sobre la que se edificó la Revolución Industrial y el mundo globalizado de nuestro presente, una vez caída la Unión Soviética en 1991.

Pero el hecho de la caída del comunismo no constituyó ni mucho menos el «Fin de la Historia» que pronosticó Fukuyama, sino la emergencia de nuevas sociedades «globales» como el Islam y su yihadejemplificada en los atentados del 11 de Septiembre de 2001 o la emergencia de nuevas potencias económicas como China o la India, que ponen en evidencia la incompatibilidad de unas sociedades del bienestar en Europa y Norteamérica, con sociedades donde se pasa verdadera hambre y cuya explosión demográfica ha acabado anegando los países opulentos. Resulta ciertamente ridículo postular, como se ha hecho en Europa estos últimos años, una asignatura denominada «Educación para la Ciudadanía» sin aclarar si esa ciudadanía es ya no española, francesa, alemana o de cualquier otra nacionalidad europea, sino si es ciudadanía china, árabe o iraní. Nadie en su sano juicio podrá hablar de una ciudadanía «global» teniendo en cuenta las diferencias existentes entre ciudadanos que aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ciudadanos como los de los países musulmanes, que se niegan a aceptar esa declaración si antes no pasa por el filtro de la sharia o ley islámica.

La propia globalización actual que comanda Estados Unidos no es un proyecto unívoco, sino enfrentado a otros como los que sostienen los países musulmanes que llaman a la yihad o Guerra Santa contra los infieles y el que alimenta China y su idea de una sociedad centrípeta que atraiga hacia sí a toda la economía mundial, ya sea inundando los países desarrollados con sus mercancías o comprando su abundante deuda soberana en tiempos de crisis económica.

En todo caso, la idea de una ciudadanía global no deja de ser una fantasía digna de producciones cinematográficas o anuncios publicitarios, pero en ningún caso una realidad en un mundo donde los medios de comunicación «globales» nos muestran las enormes diferencias existentes a todo tipo de escalas entre las distintas sociedades que pueblan nuestro planeta.

domingo, 6 de mayo de 2012

¿Escuela de Salamanca?


«A fray Francisco de Vitoria se debe la creación de la escuela tomista de Salamanca, que es, en opinión del cardenal Ehrle, la escuela que ejerció la influencia más permanente y dilatada en la Filosofía tradicional.
[...] 
¡Volver a Aristóteles!, fue el grito de los conimbricenses. Pedro de Fonseca es el gran maestro de Filosofía en la Universidad de Coimbra, y recibe por su docencia luminosa la protección munificente y los aplausos entusiastas de don Juan III, sostén generoso de los sabios y de los filósofos, constituyéndose por su genio y tenacidad en la piedra angular de la escuela de Coimbra, multiplicándose en la secuencia de sus discípulos ilustres, los jesuitas Couto, Goes, Suárez, Vásquez, y recibiendo de la posteridad, que ha querido de tal suerte honrar su memoria y su devoción intelectual por el Estagirita, la denominación de Aristóteles de Coimbra» ( Oswaldo Robles, «Fray Tomás de Mercado, O. P., traductor de Aristóteles y comentador de Pedro Hispano en la Nueva España del siglo XVI», Revista de Filosofía (Madrid), Año IX, nº 35 (octubre-diciembre 1950), páginas 548-550).


«El deseo del mercader es el universal de todos, aunque, como dice San Agustín, es, con toda su generalidad, vicioso, conviene a saber: querer mercar barato y vender caro. Y tiene más el tratante, que no solamente lo desea y apetece, sino lo ejercita y procura. El intento y deseo de la república es, al contrario, que se venda lo más barato que se pudiere, porque le pertenece promover toda la utilidad y provecho a los vecinos. De aquí es que tiene autoridad para tres cosas.

La primera: para expeler y quitar de la ciudad los mercaderes, especialmente extranjeros, y poner de su mano tres o trece que lo sean, dándoles para ello caudal bastante con que traigan todo lo necesario y tasando todas las mercaderías a precio que se ahorre de más del costo para costas.

Expresé «los extranjeros», porque siempre sabios los juzgaron por perniciosos a la ciudad. Licurgo vedó so graves penas a sus atenienses no les diesen entrada ni lugar en la ciudad. Aristóteles, inquiriendo y disputando en los libros de república si era útil y cómodo hubiese tratantes y trato en la ciudad, dice que, como sean naturales, no se pierde, antes se gana en ello. Mas, si son de fuera, mayormente de otro reinos, es admitirlos destruir y disipar toda su prosperidad y meter unos públicos despojadores de su riqueza y abundancia y aun unos labradores o sembradores de abusos y vicios, porque todo hombre desea naturalmente honrar y ennoblecer su patria y procurar de pasar a ella todo el bien y tesoro que a esta pueda coger y despojar; y lo mismo hacen los de aquí cuando están allá. Demás de esto, como se aman y agradan tanto las costumbres, usos, ritos y trajes en que cada uno se cría, en cualquier parte que va las quiere injerir y plantar y las predica y persuade, y, como el vulgo es tan antojadizo y novelero, al momento las imite y recibe; las cuales muchas veces son de suyo dañosas y corruptas, y, si no lo son, a lo menos no convienen a esta tierra como a la suya.

Así está proveído en lo que toca a Indias por ley del reino, con estas palabras: Mandamos que ningún extranjero pueda tratar en Indias, ni ningún extranjero ni morisco ni arriero pueda mercar oro ni plata en barra ni en pasta, so pena de perderlo y destierro perpetuo. Porque mercadeando los de fuera ni hay riqueza durable en el reino, ni buenas costumbres antiguas, de los cuales daños y males son testigos de vista España, Sevilla y las Indias.

A esta causa sienten los filósofos ser muy necesario inhabilitar los extranjeros en el trato, como se inhabilitan justamente en todas partes para el gobierno y administración de justicia, y admitir sólo a los naturales, o poniendo, como digo, algunos particulares de su mano.

Negocio sería, si alguna ciudad lo hiciese -negocioso y trabajoso, yo lo confieso, mas sería juntamente tan provechoso que el gran provecho fuese paga y recompensa del poco trabajo-, dar a dos o cuatro la misma república el dinero con que traigan lo necesario, señalándoles por su factoría un tanto, y no dandoles el caudal, sino que ellos lo pusiesen, concederles una moderada ganancia que fuese a todos leve y fácil». (Tomás de Mercado, OP, Suma de Tratos y Contratos [1571]. Sevilla, 1587, Libro II, Capítulo VI. «De la autoridad que tiene la república en tasar los precios, y cuál de ellos es justo», fols. 31r-31v.)

sábado, 5 de mayo de 2012

Bicentenarios


Los bicentenarios de independencia de las actuales repúblicas hispanoamericanas son demasiado equívocos, ya que el proceso iniciado en 1808 no buscaba la formación de las naciones actuales sino la independencia unitaria del continente americano.

miércoles, 2 de mayo de 2012

2 de Mayo de 1808


Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.

La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca, llamada noble, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban los feroces jinetes.

[...]
Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al fin y avanzaban al galope, y cuando la multitud, encontrándose libre, se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba el paso.
Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte embestida de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el Real. El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle, pero deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva España!».

[...]


- Tú no eres español -me dijo el amolador con gravedad.
-Sí que lo soy.
-Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.
-Sí que soy hombre y tengo corazon para lo que sea preciso.
-Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante.
-Han pasado sin duda muchas cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle.
-No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah, Gabrielillo, lo que yo te decía ha salido cierto! Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.

[...]

- Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.
- ¡Llorar! -exclamó el amolador, cerrando los puños-. Si todos pensaran como yo... No se puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos está muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas..., no de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues... quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto la mano..., mejor dicho, abro la boca y me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá en su tierra.

Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales: «El 19 de Marzo y el 2 de Mayo» [1873].

lunes, 30 de abril de 2012

Primus circumdedisti me




[...] ¡Jamás ante el poder de un elemento 
temblaba aquella Raza de titanes! 
Hasta el mar cuando fiero se alborota 
humilla a su poder ante una flota 
como aquella de Hernando Magallanes.

El era su Almirante. Sobre el puente 
de la nave izadora de la enseña 
iba el bravo marino, alta la frente, 
la mirada aguileña 
escrutando orgullosa el Occidente: 
es que allá, separados los pilares 
que forman la gigante cordillera, 
dejaban paso abierto hacia otros mares; 
es que la audaz quimera 
que en su mente genial alentó un día 
ante la faz de la Creación entera 
proclamando su gloria se cumplía...

Magallanes habló; sus ojos de ave 
brillaban encendidos de entusiasmo; 
los bravos marineros de la nave 
le escuchaban hablar, mudos de pasmo, 
y aun las nubes que en lo alto se cernían 
y hasta el agua sin fin del mar Atlante 
absortas parecían 
escuchando la voz del Almirante.



—¡Ya es hora! —dijo—. ¡Un mundo nos espera 
tras del que hoy se divide a nuestro paso! 
¡Sigamos nuestra ruta aventurera 
por los mares ignotos del acaso! 
Es infinito el mar, la vida corta, 
nuestro poder, pequeño, 
¡pero no os arredréis! ¿Qué nos importa 
que se acabe la vida en el empeño? 
¡No importa que muramos! Las estelas 
que dejan nuestras raudas carabelas 
jamás han de borrarse; por su traza 
vendrán para buscar nuevos caminos 
otros bravos marinos 
de nuestra Religión y nuestra Raza;
de España y Portugal, la raza ibera, 
cuyos hijos, unidos como hermanos, 
a la sombra van hoy de una bandera; 
portugueses e hispanos 
bogamos juntos tras la misma suerte... 
Españoles, ¡quién sabe si algún día 
se unirá vuestra Patria con la mía 
en un lazo de amor eterno y fuerte!

Calló; todos callaban 
de solemne estupor sobrecogidos; 
los bravos corazones palpitaban 
con rápidos latidos, 
y tendiendo los brazos a Occidente, 
por donde un nuevo mundo aparecía, 
el marino vidente acabó la asombrosa profecía:

—Esas costas y esotras cordilleras 
también serán iberas 
cuando naves de Iberia con sus quillas 
surquen aquel Estrecho que allí asoma; 
desde las dos orillas 
les darán parabienes en su idioma... 
¿Qué importa nuestra muerte si con ella 
ayudamos al logro de este sueño? 
Si la muerte es tan bella, 
¿qué importa sucumbir en el empeño?... 
¡Adelante, hijos míos! 
—gritó, transfigurado, el Almirante—. 
Y los cuatro navios 
temblaron a las voces de: ¡Adelante! [...]
[...] ¡Era un himno triunfal que nubes y olas 
con su música fiera 
cantaban a las naves españolas, 
embajadoras de la Raza Ibera!
(José Antonio Primo de Rivera, 
«La profecía de Magallanes» (1922), 
en Agustín del Río Cisneros y Enrique Pavón Pereyez, 
José Antonio íntimo. Epistolario y textos biográficos
Ediciones del Movimiento, Madrid, 1968, pp. 670-672.)


sábado, 28 de abril de 2012

jueves, 26 de abril de 2012

¿España traicionada?



¡Qué norma inolvidable sube de nuestro pueblo
como un vapor de tierra mojada en la tormenta!
ESPAÑA: son seis letras furiosas que penetran
en todos los rincones del mundo nuevamente.

Así, como esos días de sombra y de nublado
cargados de siniestros propósitos hostiles,
así pero más honda, más negra y más caliente
tu vida palpitaba con sangre de amenaza.

Amarga era tu historia y amarga tu mirada.
Tocarte era sentirse llagado eternamente
y andar por tus caminos era un dolor sin tregua
que hiere y que se clava pero que purifica.

La muerte sucedía cabal y dignamente
en una paz espesa de mínimos rencores.
Los hombres: trabajaban con sólo indiferencia
y España era el enorme solar de la miseria.

Los campos florecían.
Las fábricas marchaban pero indolentemente.
Los hombres y mujeres cansados esperaban
no sé qué aniversario de fiesta sin sentido. 

Todo era bronco y bajo como un delirio triste,
como unos ojos turbios por el rencor y el odio.
La paz se respiraba ya sólo por costumbre
y era una flor inútil que nadie ambicionaba.

*

El hombre sólo aprende después de haber sufrido.
Los pueblos sólo alcanzan su libertad gloriosa,
la diáfana limpieza de su podrido ambiente,
después de inenarrable desgarrón de victoria.

Y un día, el dieciocho de julio se produjo
la memorable lluvia de sangre permanente:
los artesanos libres de España pronunciaron
palabras decisivas de sueño peligroso.

Llegado aquel momento el odio fue batalla
y el rencoroso estilo tan sordo de la sangre
se trocó en borbotones calientes de peligro,
de furia justiciera como un galope altivo.

Los bueyes esperaron en vano en sus establos
la pálida llamada de atónitos gañanes.
El gremio de artes blancas no fue a amasar la harina
 y aquella madrugada los hornos no cocieron
los símbolos morenos del hambre cada día.

*

No resucitas, no, que recién naces
parida por el pueblo nuevamente.
¡Oh dulce, acongojada España inolvidable!
¡Oh malvendida España, oh pueblo traicionado!

Hoy la muerte recorre tus calles silenciosas,
tus más mínimas plazas de pueblos olvidados
y a todos nos convoca con dignidad y sollozos
a cónclave de angustia.

Pero tú permaneces.
En ti nace una historia de fuego indivisible,
de pueblos que han sellado su pacto con la sangre
 de campesinos libres, de obreros y artesanos.

Así quiero decirlo, quiero ejercer mi voz
uniendo a tu grandeza mi alabanza:
porque en tu amor coincide la sed agotadora
del pueblo en proporciones gemelas a su origen

y esta sed intrincada que solamente quema
la sola intimidad de mi esperanza sola.
Y al fin cuando a los campus retornen por parejas
los bueyes al trabajo. Cuando se haya cumplido

la dolorosa etapa tanto tiempo esperada
y en el aire palpiten los últimos sollozos
dulces y temblorosos como gotas de lluvia
 que prenden en las ramas su cándido mensaje

de blanda luz más clara pasada la tormenta,
yo alzaré nuevamente mi voz más encendida 
para ensalzar el nombre de pueblo que mereces,
tu paz que adolescente tan tierna te sonríe.

Y a lo lejos certeros, hermanos, te saludan,
agitan y tremolan por ti sus pabellones
otros pueblos vecinos en libertad gozosa:
México memorable y la Unión de Países
Soviéticos te aclaman.

(Arturo Serrano Plaja, «Pueblo traicionado», 
en Poetas de la España leal. 
Ediciones Españolas, Madrid-Valencia 1937, págs. 142-145)